Como cosa perdida


Detuvimos la cuatrimoto frente a una cabaña en medio de la nada. A esa hora, el sol acariciaba la arena fundiéndola con las olas ante las miradas exhaustas. Alguien gritó, “¡ya voy!” al escuchar que Danny insistía golpeando una cerca de madera. Era el dueño del local, quien se sorprendió al ver a unos tipos a la entrada de su solitario negocio. Ahí estaba yo escuchándolos hablar sobre la búsqueda con el propietario del lugar, quién como Octavio el conductor; también era afrodecendiente.

            El hombre escuchó con atención y se comprometió a estar atento ante cualquier cosa. También dijo que su esposa y él, ya en otras ocasiones habían velado a los ahogados cuando aparecían los cuerpos, o partes de ellos; cuando nadie los reclamaba. Al ver a Dany beber de su cerveza, me perdí observando la majestuosidad del océano, y pensé que así era el destino. Me consoló saber que dejaban los restos sepultados en un pequeño cementerio frente al mar, después de un rosario para el descanso eterno. Tras varios tragos y agradecimientos, nos encaminamos de nuevo a la arena. Al desplazarnos sobre la cuatrimoto hacia el norte, rumbo a Acapulco. Yo estaba atento a lo que decía el señor Octavio: “para nosotros es normal este tipo de cosas, es el deber de los que vivimos en la Costa Chica”.

            La noche nos alcanzó y solo veíamos lo que permitía la farola, se divisaban troncos expulsados por el mar, huellas de tortuga y hasta el esqueleto de una de ellas. También había  rastros de los que recolectaban sus huevos. De cuando en cuando, veíamos las lamparitas de algunos de ellos, quienes recelosos, cambiaban de dirección o las apagaban pues temían que fuéramos de la Marina. Durante el trayecto, apareció un segundo caparazón esquelético, lo cual indignó a Danny. Por tal motivo Octavio contestó: "Esas son presas del cuchillo de alguien desesperado por el hambre o con algún hijo enfermo",  aseguraba que la mayoría de los recolectores recogían un poco de lo desovado pero casi todos las protegían. Como Danny, guardé silencio porque comprendí que era un lugar olvidado por los gobernantes, una raza ignorada por nuestro pueblo, pero aquí había sido donde encontré paz. Tal seguridad era acompañada por la certeza de que te irías sin mí Danny y, cuando me detuve para observarlos alejase. Me resigné a que mi ausencia habitaba ya sumergida en estas aguas y fui consciente que a donde ibas a regresar, a nuestra Guadalajara. Por un tiempo ibas a tener que sentirte fuera de lugar, en un limbo o como dijeran los de la Costa Chica cuando bromean, vas a tener que estar tan solo como cosa perdida.

 

 


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